EXPERIENCIA DE SERVICIO PASTORAL Y APOSTÓLICO

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PENSANDO EN NOSTROS, QUIENES SOMOS, NUESTRO ESPIRITU MISIONERO

Por: Fray William de Jesús GIRALDO ZULUAGA, OFM Cap.

Hablar de las misiones capuchinas, o de los Hermanos Menores Capuchinos, misioneros, es hablar de una parte esencial del carisma de los frailes, un aire, un viento, una ventana abierta que mantiene oxigenada su opción de consagrados.

Los Hermanos Menores Capuchinos, dentro de la rama del franciscanismo y en la Iglesia, han sido, a lo largo de 500 años, una orden religiosa en permanente salida, itinerante, cercana, comprometida con el pueblo.

La Orden de Hermanos Menores Capuchinos, aprobada en el año 1528, el 3 de Julio, nació en Camerino Italia y nació precisamente en el contacto cercano de unos frailes que decidieron salir, soñaron, miraron adelante y se aventuraron hacia un retorno al Evangelio, quisieron vivir más de cerca el espíritu de Francisco, retomar, retornar a los orígenes.

Allí, en Camerino, los primeros frailes, o los frailes de la reforma, dedicaron su energía, su vida, su vocación, al cuidado de los débiles, los pobres, los enfermos, incluso de los apestados, eran confesores, sabían escuchar, estar ahí junto al corazón herido de las gentes sencillas; nada les detenía para entrar en contacto con el mundo del dolor, nada les detenía para hacerse hermanos de todos, eran frailes libres, simples, sencillos, sin ataduras, sin prejuicios, sin miedos, hermanos del pueblo.

Con el transcurrir de los días aquella fraternidad naciente, aquel pequeño grupo, fue creciendo y tomando forma; no fue fácil consolidarse dentro de la Iglesia, no fue fácil ser aceptados como una orden religiosa nueva, dentro del franciscanismo, no fue fácil mantener el camino y la fidelidad; varios hermanos, de los primeros que iniciaron la reforma, terminaron en el mundo del protestantismo, tildados de herejes y esto hizo que se temiera la supresión de la orden, la desaparición de la reforma capuchina, pero ahí emergen, aparecen figuras como Félix de Cantalicio y otros más, que hicieron posible que la orden subsistiera, que la orden permaneciera.

En estos casi 500 años de camino, de vida, de historia, han sido muchos los hombres y mujeres que, bañados, abrigados, abrazados por el espíritu de Francisco y Clara de Asís, se han sabido sembrar en medio del pueblo, se han enterrado en lo profundo del surco como el grano de trigo y han dado vida, han dado vida en abundancia.

Son muchos los frailes que a lo largo de estos años han sabido vivir, han sabido amar, han sabido hacerse Hermanos Menores, eso, Hermanos Menores, han sabido ser testigos del Evangelio, mensajeros de la paz y el bien; unos en la puerta de un convento, como porteros, otros caminando día a día bajo el sol, bajo la lluvia, las calles de las ciudades pidiendo limosna, otros predicando de pueblo en pueblo, itinerantes, peregrinos y forasteros, invitando a la conversión, anunciando la paz y el bien, otros yendo por el mundo de país en país dejándolo todo, haciéndose misionero del Evangelio, impulsados por el Espíritu, movidos por el Señor.

En estos 500 años la Iglesia, el mundo, se ha visto enriquecida por el carisma de los Hermanos Menores Capuchinos, una orden religiosa plagada de grandes hombres, una orden religiosa que ha ido por el mundo, se ha expandido, ha abierto caminos, veredas, construido ciudades, llegado a países, a destinos donde era imposible llegar, al África en Angola, Guinea Ecuatorial, desde el año 1647 por allá en la isla de Annobon, durante unos 9 años estuvieron en este bello y difícil lugar.

El espíritu los impulsó hasta Tanzania, Costa de Marfil, las islas de Cabo Verde, República de Centro África, Chat, Sudán, Kenia, Etiopía, Zambia, Madagascar y siguen allí presentes haciendo realidad el Evangelio de Jesucristo, el mensaje de la paz y el bien.

Cuando parecía que la orden estaba débil, frágil, se vivió la experiencia de la misión con mayor esmero, confianza, esfuerzo y con plenitud de entrega volvió a fortalecerse; se contó con un Ministro General que en el año 1883 - 84 supo impulsar, supo dinamizar, hizo que todos se ilusionaran y movió desde dentro, hizo vivir un momento especial; la orden parecía estar en crisis y sin embargo se lanzaron de nuevo, impulsados a ir más allá de las fronteras, aquel Ministro General promovió que toda provincia tuviese una misión, su lema era una provincia una misión y así floreció el celo misionero, el amor por tomar el barco y dar la vida, dejarse llevar por el Espíritu, la orden retomó su ardor misionero y se expandió nuevamente por todo el mundo.

Los Hermanos Menores Capuchinos de la provincia de Colombia, deben su origen al ardor misionero de los hermanos de las provincias de Italia y España. A este suelo colombiano, a estas tierras llegaron para quedarse, era el año 1888. Sus presencias se hicieron notorias en el sur (Nariño, Putumayo, el Caquetá), la Amazonia, la Guajira, Bogotá. Con el tiempo su presencia se hizo realidad en muchas otras periferias y ciudades del país (la Costa Caribe, el Cesar, Cali, Medellín). A la isla se San Andrés y Providencia llegaron el año 1926.

En 1990, 100 años después de la presencia de los misioneros, se unen las distintas circunscripciones y se erige la provincia de Colombia, Virgen María, Madre del Buen Pastor; nace y conserva todos los lugares misioneros durante algún tiempo, incluso envía hermanos a apoyar la naciente misión de Guinea Ecuatorial, África.

En el capítulo electivo del año 2004, en el mes de octubre, la provincia capuchina de Colombia asume la misión de Guinea Ecuatorial, son enviados 3 hermanos, para servir a esa iglesia local junto a algunos hermanos de la provincia de Valencia que se encontraban allí. Esta misión, bajo la responsabilidad de la provincia capuchina de Colombia lleva más 16 años, se ha vivido entre altos y bajos, luces y sombras, a varios hermanos se nos ha brindado la posibilidad de estar en esa bella misión en períodos de 3, 6 y 9 años y hoy permanecemos allí.

Quienes hemos tenido la fortuna de estar allí, porque hemos sido llamados por Dios, hemos recibido el don de ser misioneros, estamos convencidos que vale la pena ser misioneros, estamos convencidos que esta misión es una bendición para la provincia, estamos seguros que es un regalo de Dios el poder ir, impulsados por el Espíritu, a estos lugares donde no todos quieren ni pueden ir.

Dentro de la espiritualidad franciscana la misión es fundamental, ya Francisco de Asís en vida envío a sus primeros hermanos a Marruecos y allí en el año 1219, 5 de ellos fueron mártires, haciendo exclamar a Francisco: ahora sí puedo decir que tengo cinco verdaderos Hermanos Menores.

La Orden de Hermanos Menores Capuchinos sigue impulsando y motivando a los hermanos para fortalecer las presencias misioneras, reavivar la llama de nuestra vocación misionera, nuestro carisma misionero, que volvamos de nuevo nuestro rostro, nuestro corazón, a las periferias. El Ministro General Hno. Roberto Genuin, está invitando continuamente a todos los hermanos de la Orden a un nuevo florecimiento del espíritu misionero, promueve en estos momentos un consejo plenario de la orden (CPO IX), para el año 2021, para tratar el tema de la misión en orden capuchina, se nos está invitando a volver la mirada a la Amazonia, crear, en comunión con los hnos. de las circunscripciones de América, dos presencias en la triple frontera (Colombia, Brasil, Perú)

Los Hermanos Menores Capuchinos somos misioneros, eso de ser misioneros está en nuestro ADN, es parte fundamental, ir, ir, ir allí donde nadie quiere ir, ir, ir y sembrar el Evangelio, ir y hacer presencia viva de la paz y el bien, ir y compartir nuestro ser y quehacer, ir y, desde las fraternidades, hacernos parte del pueblo, ir y sembrar el mundo de ternura, sembrar misericordia y compasión, trabajar en el progreso de los pueblos, vivir el Evangelio de la simplicidad, de la minoridad.

Bien podemos repetir con la canción como lo sentía y vivía Francisco: Míralo aquel que va con su sayal remendado, no se fija dónde está, para él es bueno cualquier lugar. Todo lugar es bueno, santo, sagrado, para el misionero, en todo lugar, especialmente en esas periferias existenciales, en estos nuevos areópagos, donde el mundo se hace más conflictivo, allí está nuestro espacio y allí tiene que estar nuestro corazón, allí tiene que estar nuestra vida, así tiene que ser toda nuestra existencia, viviendo con el pueblo y viviendo del pueblo, caminando con ellos, construyendo con ellos, queriéndoles, sí queriéndoles y dejándonos querer, haciendo vida el Evangelio, haciendo vivo a Jesús Resucitado, haciendo realidad el sueño de Jesús, el sueño de Dios, la construcción de un Reino nuevo.

Nuestro carisma, queridos hermanos, nuestro ser de capuchinos, nos mueve, nos invita, nos lanza al camino, nos saca, nos desinstala, nos desacomoda, nos invita a gozar en lo simple y en lo pequeño, nos invita a extasiarnos ante lo simple, nos saca al mundo, a contemplarlo, a amarlo y a curarlo; nuestra espiritualidad franciscana, nuestra espiritualidad capuchina, es una espiritualidad de un Dios menor, de un Dios frágil, de un Dios pequeño, de un Dios simple, de un Dios hermano de todos y de todo.

Nuestro corazón debe latir con gran velocidad en medio de nuestros pueblos, con las gentes, en medio de nuestras veredas, en la misión ad gentes y por eso rogamos a Dios que nos regale muchos hermanos con el corazón abierto, que el mundo les quede pequeño, que sientan gozó al tomar un avión para atravesar el océano, que estén convencidos que al otro lado del charco hay hermanos y comunidades que les esperan.

Hoy nuevamente se nos llama a ir, andar por el mundo sembrando el Evangelio, esparciendo las semillas del reino y haciendo presente en todo lugar el rostro del Evangelio, qué es el rostro de Jesús, el rostro de Clara, el rostro de Francisco.

Es octubre, es octubre misionero, es tiempo de gracia y salvación. Anímate hermano,

«Empecemos hermanos que hasta ahora poco o nada hemos hecho».

¡Paz y Bien!

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Revista Vinculum No. 277 de 2019.  <<Amazonía: Nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral>>
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