REFFLEXIÓN PARA LA FORMACIÓN

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Nuevos retos de la formación religiosa en medio de la pandemia. La situación generada por el virus de COVID 19 ha afectado la realidad de todo el mundo, a personas e instituciones de todos los niveles, confinó a más del 90% de la población mundial, se cerraron los centros educativos, se detuvo la producción de las empresas, distanció familias, suprimió el culto religioso e incluso afectó a nuestras casas formativas.

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NUEVOS RETOS DE LA FORMACIÓN RELIGIOSA EN MEDIO DE LA PANDEMIA

Por: Guillermo SALAMANCA, CMF

La situación generada por el virus de COVID 19 ha afectado la realidad de todo el mundo, a personas e instituciones de todos los niveles, confinó a más del 90% de la población mundial, se cerraron los centros educativos, se detuvo la producción de las empresas, distanció familias, suprimió el culto religioso e incluso afectó a nuestras casas formativas. Se han roto muchos de los paradigmas que se tenían como rectores de la sociedad mundial, cambió la percepción del tiempo, se quebrantaron muchas seguridades, se modificaron los cronogramas y se afectaron los procesos. Ahora, la pandemia ha impregnado en nosotros la sensación de incertidumbre, todo parece nuevo e inseguro haciendo evidente nuestra fragilidad. Frente a los procesos formativos, han surgido miedos que antes no teníamos, retos que nos llama a ser creativos, pero también aflora la esperanza de la acción de Dios en la formación la cual es, como bien dice el Sacerdote Canosiano, Amadeo Cencini (2016) «ministerio y misterio» (pág. 9).

Ciertamente han surgido algunos miedos que en este momento histórico nos confrontan, nos lleva a reflexionar acerca de cómo están constituidos los procesos de formación en nuestros Institutos y si estos responden a la actual situación. Se teme la posibilidad de que nuestros formandos caigan en una especie de aislamiento permanente, es decir, que terminen refugiándose tras la seguridad de la casa formativa aborreciendo el exterior como en una especie de agorafobia. También está la incertidumbre frente a sus motivaciones vocacionales ¿quedarán estas condicionadas por el confinamiento obligatorio? Nos preocupamos por la estabilidad emocional de los jóvenes y de los formadores que les acompañan, por la deserción, por la realidad económica de las comunidades para el sostenimiento de los seminarios y conventos, entre otras situaciones que surgen según los contextos y carismas de cada Instituto. Sin embargo, no podemos dejarnos paralizar por todo ello, más vale que nos apuremos en levantarnos para seguir caminando; los temores que ahora nos asaltan debemos usarlos como combustible para fortalecer los procesos de formación.

Esto, supone una serie de retos a los que debemos responder como Iglesia, como comunidades de Vida Religiosa y como equipos de formadores. El desafío mayor es acompañar a nuestros hermanos en formación con todas las circunstancias que ahora los rodea: realidades familiares, el aislamiento social, la virtualidad, el confinamiento y su propio camino de discernimiento. Se debe hacer frente al desánimo vocacional, lo cual implica una actitud de caridad profunda, cercanía, escucha y comprensión por parte del formador; exige romper algunos de nuestros propios esquemas, derribar algunos muros que nos hace inmunes a las necesidades de nuestros formandos; por supuesto, sin que ello le quite el rigor que requieren los procesos. Así mismo, es importante buscar los mecanismos para que los futuros religiosos no pierdan el contacto con la realidad y con el pueblo de Dios, prevenir que caigan en el confort perdiendo la capacidad de empatía con las personas que sufren, más aún con las secuelas que dejará esta pandemia.

Para que lograr estas exigencias, debemos dejar que Jesús sea nuestro Maestro, recordemos que antes de ser formadores hemos de ser discípulos, como tales, actuar guiados por la Palabra de Dios. El Señor mismo nos enseña el arte de acompañar, en el relato del camino de Emaús (Lc 25, 13-35) el Evangelista Lucas, nos muestra la actitud del resucitado con los discípulos en la fuerte crisis que están viviendo, ante la incomprensión del acontecimiento de la cruz con la frustración y la sensación de «fracaso», caminaban desolados, como sin rumbo. El Señor no les abandonó, se acercó, escuchó atentamente los sentimientos de aquellos hombres entristecidos, los orientó por medio de las Sagradas Escrituras, compartió el pan con ellos y les enseñó a ver la acción salvífica de Dios.

Quizá, nuestros jóvenes en formación experimenten la incertidumbre ante la nueva situación, tal vez se sientan asustados, entristecidos; allí es donde debemos actuar, el Señor nos ha encargado el acompañamiento de estos hermanos, ese es el ministerio que también la Iglesia nos ha dado por medio de nuestras comunidades. Como Jesús, en medio de esta crisis mundial, debemos estar en una actitud de cercanía, llegar al encuentro de estos discípulos del Señor con humildad, fraternidad y respeto, reconociendo que ellos caminan en continua búsqueda de su Señor. Hoy se hace más latente la necesidad de una disposición de escucha por parte del formador, se debe oír con el corazón, ser los oídos del resucitado, permitir a los jóvenes expresar con libertad sus sentimientos, para entender sus necesidades y orientarlos desde la luz de la Palabra.

De parte de los formandos, se requiere la actitud de los discípulos, caminar en medio de la crisis, siguiendo al Maestro con la firme esperanza de que Él está ahí, iluminando el sendero con su Palabra, revelándose en la cotidianidad de cada uno. Es verdad que hay momentos de dolor, conflicto, angustia, duda provocados por esta pandemia u otras realidades, pero es necesario arrojarse a la providencia de Dios al tiempo que se trabaja en el discernimiento vocacional. Una frase atribuida a San Agustín: «ora como si todo dependiera de Dios, trabaja como si todo dependiera de ti» puede ser la expresión de lo que hoy debemos asumir los llamados, aún más los que se están preparando para la Vida Religiosa, no quedarse estáticos “a ver qué pasa” sino orar al Señor, escuchar su Palabra, recargarse de esperanza y, como María en la anunciación, ponerse en camino (Lc 1, 39).

Ahora bien, Los discípulos solo pueden reconocer al Señor cuando se bendice, se parte y se comparte el pan (Lc 24, 30-31), formando y formadores han de compartir el pan de la eucaristía, de la Palabra, de la misión y de la vida. Tal vez estamos acostumbrados a ver la formación en línea vertical, donde el joven en formación recibe de forma pasiva la instrucción religiosa, seguramente esto funcionaba en otra época; sin embargo, los tiempos van cambiando, paulatinamente esta mirada se ha ido transformando y las condiciones que nos impone la pandemia hacen más evidente la necesidad de un acompañamiento más horizontal. Se trata de caminar juntos «compartiendo “el pan del camino” de la fe, de la experiencia de Dios y de la sabiduría del Espíritu» (Cencini, 2016, p. 13) hacia la configuración con Cristo y el anuncio del Reino de Dios.

Finalmente, debemos tener la certeza de que ningún virus, ni siquiera una pandemia, puede detener la acción del Espíritu Santo, Él sigue suscitando vocaciones en la Iglesia para que aumente el número de evangelizadores que se necesitan para que sigan llevando esperanza, especialmente a los más necesitados y a las víctimas de esta enfermedad. La misión continúa, como formadores somos una de las mediaciones de las que el Señor se vale para formar a los continuadores de la obra que inició Jesús, no desfallezcamos en la tarea que se nos ha encomendado. Este tiempo parece oscuro, pero lejos de caer en el desánimo, tomemos esta realidad como un periodo de gracia, el Santo Padre en su homilía del 27 de marzo del 2020, con motivo de la oración especial en tiempos de pandemia invitaba a «tomar este tiempo de prueba como tiempo de elección». Ahora tenemos la oportunidad, junto con nuestros formandos, de ser confortados por Jesús mismo, luego hemos de volver al encuentro de la comunidad para repetirles que Él está vivo y celebrar esta experiencia como hermanos, con la compañía de la Virgen María, la primera discípula y como ella, dejándonos encender el corazón en «el fuego del Divino amor».


Referencia

CENCINI, A (2016). Los sentimientos del Hijo. Salamanca: Ediciones Sígueme.

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Revista Vinculum No. 277 de 2019.  <<Amazonía: Nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral>>
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